Buscas, al ritmo de tu agonía y desesperación, a tu amado. Te encuentras con los ojos de la gente que ni si quiera conoces, el viento mueve tu pelo y éste tapa tu visión.
Tu cabeza va de un lado a otro, en cámara rápida.
Cuando estás a punto de rendirte, se asoma en tu campo visual. El mundo se para, ves su sonrisa, vigilas dónde mira, sus brazos que llegan a otras personas.
¿Qué?, te preguntas incrédula. Lleva de paseo en tu dirección a otra persona. Tu corazón responde con rabia y lanza impulsos de violencia contenida. Avanzas, dispuesta a plantar cara.
Pero a medida que te acercas descubres que no es nadie en especial, un miembro de su familia.
Ya estás demasiado cerca para volver atrás. Te ve.
Abres la boca, dejando salir al aire que intentas respirar a grandes cantidades mientras tus ojos buscan una salida.
Pero ya no hay marcha atrás, pasas al lado de tu amado, y ninguno de los dos cruza palabra, aunque, disimuladamente, él roce su mano con la tuya, causa de tu rubor.
Sigues adelante, ya volverás la mirada atrás para reiniciar el proceso.
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