No puedes más. Das vueltas y vueltas y no puedes hallar la paz contigo misma. Ahora te colocas con la cabeza sumergida en la almohada y tus manos en el occipital. Te preguntas por qué. Qué es lo que te come por dentro.
No le encuentras forma, ni color.
Arrugas el entrecejo en un último intento. Pero no lo consigues.
Tus mano arañan tus brazos, intentando así que los demás sientan esa desesperación inexplicable.
Te vuelves a girar. Abres los ojos. Te fijas en un punto exacto y, poco a poco, la oscuridad te va invadiendo.
Tienes miedo.
Te incorporas en tu cama. Te abrazas a tus rodillas. Respiras hondo.
Cuando parece que todo pasa, te recuestas , te tapas con la sábana y encuentras una postura cómoda.
Cierras los ojos.
Todo parece haber vuelto a la normalidad, pero tu subconsciente sigue dándole vueltas.
Algo que te atormenta, que te da impotencia, que hace que tu corazón lata más deprisa, que quieres que todo el mundo lo sepa, pero que sin embargo no sale de tu boca, sólo se instala en tu cabeza.
Ya desaparecerá.
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